13.5.06

ΟΙ ΛΕΣΒΙΕΣ ΣΤΗ ΒΕΝΕΖΟΥΕΛΑ

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SentidoG-. Desde un apartamento de clase media, al este de Caracas, se dirige una batalla contra el silencio. Es una guerra realizada por dos mujeres, y que tiene como objetivo que todas las que son iguales a ellas -lesbianas- puedan llevar sus vidas sin temor al rechazo.
A veces, señala Elena Hernaíz, la presidenta de la Fundación Reflejos, esa lucha se hace contra las propias mujeres a quienes se pretende ayudar. Y es que el lesbianismo, en Venezuela, se ha cubierto siempre de un manto de invisibilidad, a diferencia del mundo gay masculino, que ya tiene al menos dos décadas fuera del clóset. "Parece que no existiéramos", sentencia otra activista, Jany Campos, directora de la ONG Amazonas de Venezuela. "No hay estadísticas, y escasa literatura e investigación".
Pero las lesbianas, por supuesto, existen, y si se toman como buenos los promedios de la Organización Mundial de la Salud -que señalan que entre 5 y 12% de las mujeres del orbe son homosexuales- en Venezuela forman cerca de 500 mil a 1,1 millones.
Hernáiz, filósofa de profesión y quizás la cara más visible del movimiento local, junto con su compañera, Ana Rojas, puntualiza que la pelea no es sólo por las lesbianas, sino por todos los componentes de las minorías sexuales, el colectivo GLBT (gays, lesbianas, bisexuales y transgéneros) que juntos representan aproximadamente 25% de la población mundial. "Somos casi 1.600 millones de seres humanos", señala Elena "y si pateamos juntos el piso, el planeta tiembla", indica, en clave maoísta.
Todos somos minoría
Elena no siempre fue una activista de los derechos de las lesbianas. De hecho, llegó a casarse con un hombre, e intentar tener un hijo, que perdió en el vientre; luego, junto con su esposo, adoptó a un bebé, antes de reconocer su diversidad y enamorarse de Ana, con la que ha compartido dos décadas de vida. Hoy, Ana, Elena y el hijo de ésta, Javier Eduardo, que ya tiene 22 años y padece autismo, forman lo que se conoce como una familia homoparental. Reconoce que la decisión de declararse lesbiana fue dura: "No soy la primera ni la última. Pero la presión social y familiar es fuerte".
El paso a activista de sus derechos, y los de otras minorías, lo motivó su hijo. "Javier Eduardo padece autismo. Pero además, es adoptado; ya forma parte de dos minorías. Y además es hijo de dos lesbianas, o sea, ya pertenece a otro grupo. Es decir, en una misma casa hay tantas categorías que no terminaríamos de echar el cuento.
Que nuestra diversidad sea sexual, yo pregunto: ¿A quién le importa si haces el amor con medias o sin ellas? Eso no es problema de nadie". Por ello, su fundación, aunque centrada en los derechos de las lesbianas -fundamentalmente a ser ellas mismas, y a tener la oportunidad de llegar a formar parejas legalmente aceptadas- también se ocupa de los derechos de cualquier minoría.
La Fundación tiene una página web, una emisora de radio digital y un boletín, que distribuye periódicamente. Todo sin ayuda, salvo una pequeña beca del exterior. "Nos duele", afirma Elena, "que la mayoría de la gente que colabora con nosotros sea heterosexual.
Aquí hay mucho miedo de manifestar lo que se es". Y señala que en su programa de radio en Internet han escuchado historias asombrosas, como la de una joven centroamericana de 26 años que evaluaba ingresar en un convento porque no podía asumir su lesbianismo. "Le dijimos: Hija, tienes 26 años, estás en el siglo XXI. ¡Sal del clóset! Parece increíble, pero estas cosas siguen sucediendo".
Sutil venganza
Una de las pocas -quizás la única- que ha estudiado el fenómeno local del lesbianismo es Gisela Kozak, profesora de la Escuela de Letras de la UCV. En una ponencia próxima a presentarse internacionalmente (El lesbianismo en Venezuela), señala que en estos predios, como en el resto de Latinoamérica, la Historia es sólo la historia oficial. Pero tiene giros caprichosos, como el de Teresa de la Parra, la afamada escritora de Ifigenia, novela llena de pasajes suavemente lésbicos, sobre cuya sexualidad siempre se tejieron interrogantes que nunca llegaron a las páginas de sus biografías. "No deja de ser una ironía que los restos mortales de tan peculiar mujer -aristocrática al estilo de Oscar Wilde, homosexual como él- reposen en el Panteón Nacional junto con Simón Bolívar y otras figuras del duro y varonil procerato venezolano", señala Kozak. En estos tiempos "bolivarianos" (coinciden Kozak y Hernáiz) la actitud hacia la homosexualidad es laissez faire, o sea, sin represión, pero sin ayuda.
En todo caso, indica la profesora, el movimiento lésbico venezolano tiene menos de cinco años, y el número de activistas por sus derechos se puede contar con los dedos de una mano, en la que están Ana, Elena y la propia Gisela. Y en lo inmediato de estas reivindicaciones, dos destacan claramente: Lograr igualdad de derechos ante la ley y romper el cerco social a las lesbianas: sobre todo, quebrar la autocensura de la misma comunidad. "Casarnos no es un capricho", indica Elena. "Ana no me puede heredar, no podemos compartir un seguro médico ni adoptar otro hijo; no hay igualdad de derechos, a pesar de que pagamos impuestos, somos ciudadanas cómo cualquier otro. Es mi mujer, la mujer que amo. ¿Por qué no puedo hacer esto? ¿Por algo que es privado?", se pregunta.
Sobre el tema del silencio, señala la activista que romperlo es más un complejo que una realidad. "A veces andamos en la calle, Ana y yo, y algunos nos dicen: Ahí van las dos raras que salen en televisión. Yo le respondo: Sí, nosotras somos, qué tal, y les extendemos la mano. Y nos la dan, y nos dicen que mucho gusto. Somos nosotras las que tenemos que romper el tabú", afirma. Y así, siguen con sus vidas. Quienes las rechazan, lo hacen sin razones.

1 σχόλιο:

Ανώνυμος είπε...

mipws tha itan kalitero an katalavainame kai ti glwssa? ti thelei na pei to arthro?sorry, den omilw tin ispaniki...